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CYBERJOURNAL FOR PENTECOSTAL-CHARISMATIC RESEARCH #28

 

 

 

 

ETICA SOCIAL DE LOS PENTECOSTALES CHILENOS

 

By Dr. Oscar Corvalan-Vásquez

 

Introducción

 

El presente artículo intenta examinar el comportamiento social de los pentecostales chilenos no solo en cuanto al juicio que tienen ellos sobre el mundo en que viven y al proyecto global de sociedad a la que aspiran, sino también teniendo en cuenta que forman parte de grupos sociales que también tienen paradigmas de interpretación de la realidad, y, en algunos casos, proyectos globales de sociedad contradictorios con los que presentan los pentecostales

Anteriormente traté de mostrar[i] cómo, en la medida en que los pentecostales forman parte de las clases populares, su conducta social, si bien se diferencia claramente de la que presentan dichas clases, estará influenciada y a veces subordinada por las conductas sociales que prevalecen en los sectores populares.

En particular, interesa destacar aquí aquellas conductas que dicen relación con la forma en que tanto las conductas individuales como sociales se asemejan y/o se diferencian de aquellas propias de las clases sociales a las que pertenecen, como consecuencia de que numerosos contingentes de esas clases han adherido al movimiento pentecostal chileno.

En este contexto, se prefiere conceptualizar a los pentecostales más como un movimiento que como una iglesia protestante formal. No como una secta ni tampoco como una iglesia organizada similar a aquellas heredades dela Reforma Protestante o de los movimientos surgidos con posterioridad a la misma. Cabe señalar que las iglesias protestantes que surgieron en Alemania, Escocia, Holanda, Inglaterra o Suiza, fueron iglesias del Estado nacional o cantonal. Hasta ahora la estructura organizativa de los pentecostales chilenos se asemeja más a un movimiento social que a una organización eclesiástica estructurada, que exige a sus líderes años de estudio teológico previo para acceder a puestos jerárquicos, con escalas de remuneraciones, registros de miembros, con una confesión de fe formalizada y respetada, y con una organización para la gestión administrativa que controla ingresos y egresos. Casi nada de esto tiene la mayoría de los pentecostales chilenos, quienes también se diferencian de los pentecostales ligados a iglesias extranjeras, precisamente porque estos tendrían las características organizacionales recién mencionadas para las iglesias protestantes históricas. La activa participación que tienen las congregaciones pentecostales chilenas en diversos organismos inter-eclesiásticos tampoco las hacen merecedoras de la categoría sociológica de secta, que no se relacionan con ninguna de sus congéneres. Pero de a poco conjuntos de congregaciones comienzan a estructurarse bajo el modelo protestante o evangélico, principalmente siguiendo el modelo episcopal metodista.

Por otra parte, el examen de la ética social se relaciona con preguntas tales como el saber que cambia en la relación que una persona tiene con los demás de su propia comunidad y sociedad luego del cambio de paradigma interpretativo que significa la conversión; y, en particular conocer cuáles son los ámbitos dela vida de dichas personas que son afectados por una nueva visión del mundo y de las personas.

La RAE[ii] define la ética como “esa parte de la Filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre”. Sin embargo, esta definición aparece como muy general. Desde el punto de la Sociología, lo que interesa estudiar son las conductas sociales observables en función de las razones que los seres humanos dan acerca del porqué de dicho comportamiento.

Desde el punto de vista del cristianismo, la salvación ofrecida por el perdón divino está vinculada con un acto personal de conversión. No obstante ser un un acto personal, se entiende que la conversión debe necesariamente expresarse en una renovación de las relaciones personales y sociales. Dicha renovación no es una mera consecuencia de la conversión sino un elemento esencial que afecta a la totalidad del ser humano, y no solo a sus ideas religiosas o concepto de Dios.

Por lo tanto, se espera que a partir de la conversión nazcan nuevos intereses, motivos, actitudes, expectativas y opiniones que de una manera u otra transforman las relaciones que sostiene el/a convertido/a con los que le rodean, su comunicad y la sociedad toda. Es decir, se espera que la velocidad con que ocurra dicha cambo pueda variar de una persona a otra, pero se supone que produce una renovación efectiva delos patrones de interpretación de la realidad social y de las conductas personales y sociales que se derivan de la conversión.

En la misma medida en que los pentecostales rechazan tanto el tipo de relaciones dominantes en la sociedad, en la que ocupan un lugar menospreciado, también a menudo su proyecto de transformación de la misma difiere de la que ofrecen otros grupos sociales de su clase, en particular por la estrategia no violenta que patrocinan. Por tanto, es importante estudiar la racionalidad que subyace en cada una de las posturas de ética de grupos sociales al interior de la clase social y entre ésta y las demás.

En consecuencia, este informe constituye una exploración de, por una parte, cómo se sitúa el pentecostalismo chileno respecto de los comportamientos sociales y políticos que, históricamente, han presentado diversos grupos de cristianos; y, por la otra, respecto de los comportamientos sociales típicos que presentan los individuos que constituyen las clases populares a las cuales los pentecostales indudablemente han pertenecido, ya que algunos estudios han mostrado como estos en las últimas décadas han transitado hacia las clases medias bajas.

 

Elementos de Teoría Sociológica

 

Para una mejor comprensión de la ética social de los pentecostales nos preguntaremos por su relación con la cultural, el Estado, la política y la economía, como referentes básicos del comportamiento social de toda persona que habita en sociedad.

A través de la historia como en diversas sociedades contemporáneas, diversos grupos de cristianos han presentado y presentan diferentes éticas sociales. La Sociología de la Religión muestra cómo diferentes movimientos cristianos en su evolución histórica presentan características diversas en el tiempo en cuanto se refiere a su relación con la sociedad en que se desenvuelven.

El sociólogo y teólogo H. R. Niebuhr ha formulado una tipología de éticas sociales del cristianismo sobre la base de una definición sociológica de cultural aportada por Malinowski, quien la definió como “aquel ambiente artificial y secundario que el hombre superpone al ambiente natural, y que comprende el lenguaje, las costumbres, las ideas, las creencias y las organizaciones sociales, los procesos artesanales y las técnicas heredadas y los valores”. Por tanto, en la medida en que estos elementos culturales varían también en los sectores populares –pentecostales y no-pentecostales- respecto de la cultura de clase media que usualmente presentan los investigadores sociales, éstos deben tener sumo cuidado en no juzgar los elementos ético-culturales del pentecostalismo solo a partir de su propia cultura.

Dado el carácter comprensivo dela cultura de un pueblo, es imposible que alguien pueda escapar a ella. De modo que sea cual fuere el movimiento o subgrupo al que ciertas personas puedan pertenecer, de una manera u otra estarán obligadas a aportar alguna respuesta a los elementos que conforman la cultura de su clase, grupo y cultura dominante en la sociedad.

La tipología de las éticas sociales construida por Niebuhr[iii] distingue cinco respuestas que serían típicas de diversos grupos de cristianos a través del tiempo, a saber, a) el Cristo contra la cultura, que se refiere a la posición de grupos de cristianos que ofrecen una respuesta negativa frente a la cultura y exigen de sus miembros una elección tajante entre Cristo y la cultura. Pero aquí cabe comentar si acaso dicha cultura se refiere a la cultura impuesta por los grupos dominantes dela sociedad en cuestión, o bien, si el rechazo incluye también –y en qué medida- a la cultura popular a la que pertenecen los grupos dependientes o dominados. Esta distinción resulta especialmente útil de hacer en el caso de los pentecostales chilenos y constituye en cierto modo una explicación en sí a su comportamiento social. b) el Cristo de la Cultura, que corresponde a la respuesta que han dado grupos de cristianos que presentan un reconocimiento de la concordancia fundamental entre la fe y la cultura, situación en la cual el Cristo es considerado como un héroe de la sociedad humana.[iv] Si bien esta postura no ha sido muy común en el cristianismo, ha sido ilustrada históricamente en los tiempos modernos por los Deutsche Christen del tiempo de la Alemania Nazi. c) el Cristo sobre la cultura, representa una tercera respuesta posible, donde el Cristo pasa a ser “el cumplimiento de las aspiraciones culturales y restaurador de las instituciones de la verdadera sociedad”, cuya síntesis más acabada ha estado representada por el Tomismo. d) el Cristo y la cultura en paradoja representa una cuarta respuesta posible de grupos de cristianos frente a la cultura de su época, en donde la dualidad y la autoridad de Cristo son reconocidas, pero también se acepta la oposición entre ellas, de modo que una síntesis de ambas realidades sólo podría ser post-histórica. Esta síntesis estaría representada por Lutero y el Luteranismo. e) por último, Niebuhr presenta el tipo de relación que denomina a Cristo como transformador de la cultura, donde la antítesis previamente señalada no desemboca ni en una separación del cristiano frente al mundo que le rodea, ni en la simple aceptación de la espera de una salvación transhistórica, sino que el Cristo es comprendido como el que convierte al hombre en su cultura y en su sociedad. Esta posición se encuentra inscrita tanto en la tradición católica de San Agustín como en la tradición protestante de Calvino.

Frente a las diversas variantes que presentan las categorías de dicha tipología de éticas sociales del cristianismo en diversas situaciones en el tiempo y en el espacio geográfico, el pentecostalismo chileno parece más asimilarse en su estadio actual a la opción descrita en la opción (a), donde Cristo aparece contra la cultura. Sin embargo, cabe notar que si bien este movimiento religioso nació con esa posición, se debió, por un lado a los rápidos cambios sociales operados en el país como consecuencia de procesos de urbanización, parcial industrialización y explotación minera; y, por el otro lado, debido a su rápido crecimiento cuantitativo durante el siglo XX. En el presente S.XXI este movimiento religioso se encuentra en una mutación, sea hacia la visión de Cristo y la cultura en paradoja (luteranismo), sea, en algunos casos, hacia el Cristo transformador de la cultura (calvinismo).

            En particular, los rápidos cambios sociales, económicos y políticos experimentados por el país desde la década de los años 1960s han llevado a vaivenes en la ética social y política de los pentecostales que llevan a pensar que su aversión a la cultural nacional y/o popular no ha sido total sino parcial. Si durante algunas décadas del S.XX se encerraron en sí mismos fue una estrategia necesaria para la consolidación del movimiento, para poder luego irrumpir en la sociedad, con un nuevo modelo de organización social, dado por su creciente institucionalización y mejoramiento de estatus socio-económico observados. Estos factores también se pueden observar en la evolución de los sectores populares no-pentecostales.

De la misma manera que los pentecostales están impregnados de la cultura de los sectores populares urbanos y rurales del país, de donde provinieron, en cuanto herederos de la Reforma Protestantes y el movimiento metodista, están también marcados por las posiciones y actitudes asumidas históricamente por dichos grupos de cristianos, sea frente al Estado, sea frente a la cultura dominante en sus propios grupos sociales. Conviene, entonces, revisar cuáles han sido las actitudes que históricamente han venido asumiendo los cristianos frente al Estado.

El sociólogo clásico Max Weber[v] sostuvo que las posiciones de los cristianos frente al Estado han variado desde una posición de repudio absoluto al Impero Romano, por parte de los primeros cristianos, hasta una valoración positiva de la autoridad pública, incluso de aquella no creyente, como en los llamados Estados Laicos de hoy. Weber también construyó una tipología sobre la relación Cristianismo-Estado, la cual se resume en las siguientes cuatro situaciones: (a) repudio absoluto del cristianismo antiguo y medieval al Imperio Romano, que era visto como cuasi eterno durante la antigüedad; (b) indiferencia política completa, y, por consiguiente, tolerancia pasiva dela violencia del aparato del Estado, incluyendo la cooperación en todas aquellas obligaciones que no afectasen el sentido religioso de la salvación, como por ejemplo, el pago de impuestos simbolizado por la frase “dar a Cesar lo que es de Cesar”. (c) alejamiento de la vida política concreta, invocando que la participación política llevaba consigo el pecado del culto al emperador, pero reconociendo que a pesar de lo pecaminosa que fuera la autoridad (creyente o atea) era necesaria y permitida por Dios para corregir a los hombres, quienes, habiéndole fallado a Dios deberían aceptar humildemente la carga de la autoridad.

Al contrastar esta tipología con la situación contemporánea del pentecostalismo, es posible constatar que, en la media en que la medida en que las dos primeras situaciones descritas en la tipología correspondieron a un periodo de expectativa escatológica del cristianismo, propio de la primera mitad de su siglo en Chile, éste asumió sea actitudes de repudio total hacia lo política, sea de plena indiferencia. Sin embargo, como se verá más adelante, estas posiciones no han estado exclusivamente alimentadas por sus situaciones de expectativa escatológica, sino también por las actitudes y expectativas de las clases marginadas de lo político por las clases dominantes de la época.

Por una parte, las propias aspiraciones totalitarias (y anti-bíblicas) del lema tan a menudo repetido entre los pentecostales: “Chile para Cristo”, está impregnada de una visión teocrática del mundo en donde los valores del pentecostalismo llegarían incluso a permear al poder político que maneja la sociedad, situación que es absolutamente incoherente la frecuente auto-marginación política.  En efecto, si Chile entero fuera pentecostal, las instituciones de la cultura (universidades, liceos, escuelas, etc.), del Estado (Ministerio, Municipalidades, etc.) y de la economía (fábricas, fundos, bancos, etc.) tendrían que poner en práctica una ética pentecostal que reflejara los valores del cristianismo así reinterpretado. Pero, en la medida en que no se tienen modelos culturales, políticos y económicos alternativos para ofrecer a la sociedad, dicho lema no tiene ninguna posibilidad de realizarse y constituye mas bien un elemento de tipo ideológico o de motivación evangelizadora.

Por otra parte, diversos grupos de cristianos en el mundo han presentado variados tipos de relaciones con la economía (como por ejemplo los Amish en Paraguay) que no han logrado una viabilidad para la sociedad entera en el largo plazo. Pero una religión de salvación como el pentecostalismo, generalmente adopta el aspecto de una revolución social, puesto que aspira a una nueva comunicad basada en principios o normas sociales nuevos, tal como el de la caridad y solidaridad universal, principios que se contradicen con el capitalismo competitivo hegemónico imperante.

Las tensiones con lo económico pueden en ocasiones adoptar diversas formas, tales como oposición al interés y la usura, favorecimiento de la limosna y de una vida reducido a las estrictas necesidades básicas, o anti-consumismo, o bien hostilidad al comercio que no agrada a Dios, como suele ocurrir con el alcohol y el tabaco entre los pentecostales chilenos. Sin embargo, lo más conflictivo en la relación cristianismo-economía se presenta en la oposición latente entre el principio a-cósmico del amor y la racionalización de la vida moderna, cuya manifestación más tangible está constituida por la lucha que se da en el mercado por el cálculo racional.

Al respecto, Julien Freund[vi] sostiene que la noción de capitalismo choca con las tendencias contemplativas y ascéticas de las religiones de salvación –como el pentecostalismo- debido a que la búsqueda del beneficio desviaría al ser religioso de la vida interior (contemplativa). Max Weber sostiene, por su parte, que “la religiosidad mística sigue un camino opuesto al de la racionalización de la economía”.[vii]

Probablemente aquí yace una importante distinción entre el pentecostalismo como avivamiento y como iglesia. A través de la historia, las iglesias en cuanto estructuras sociales organizadas han encontrado formas de acuerdo y convivencia con las estructuras económicas, llegando en la actualidad –en algunos casos- a usar para sus fines los intereses del capital invertido por las iglesias más grandes y estructuradas. Pero esta situación que difícilmente se aplicaría al pentecostalismo chileno.

Por un lado, se puede decir que la ética puritana protestante logró dominar de manera consecuente las contradicciones entre vida religiosa e interés económico, al renunciar a la universalidad del amor para hacer del propio trabajo una forma de servicio a Dios. Sin embargo, no fue el Calvinismo Reformado el que dio origen al pentecostalismo en Chile, del cual solo heredó algunos rasgos morales del puritanismo, que aún conserva, pero en ningún caso su ética económica.[viii]

Por otro lado, se tiene el caso del misticismo, situación en que el hombre no se considera un instrumento dela voluntad de Dios para cambiar la sociedad, sino un mero instrumento de Su Gracia, cuyo fin consistiría en llegar a alcanzar un estado próximo a lo divino. Esta actitud implica renunciar completamente al mundo y dar la espalda a las solicitudes de la vida cotidiana, para que, silenciando todos los intereses humanos, Dios pueda hablar al alma de la persona. Así, el objetivo del místico es encontrar el reposo de Dios, experiencia que resulta ser más incomunicable mientras más profunda sea.

Por último, encontramos al ascetismo como una actitud humana donde la actividad ético religiosa va a acompañada de la conciencia de ser un instrumento de la voluntad divina, puesto que el asceta considera que es Dios quien dirige sus actividades. El ascetismo puede adoptar formas radicales que lo llevan a huir del mundo, romper con la familia y la sociedad, renunciar a las posesiones personales y a todo interés político, artístico o incluso estético;  o bien, puede adoptar una actitud de compromiso que lleva al asceta a ejercer su actividad religiosa en el mundo, como el puritano que se considera un instrumento de la voluntad de Dios para ejercer su influencia en el mundo, tratando de glorificar a Dios por medio de la actividad profesional, la vida familiar, y por el rigor de su conducta en todos los planos dela vida, considerando que sus acciones en el mundo son tareas o deberes que Dios le pide realice en su lugar.

Frente a la tipología recién descrita, definitivamente nos parece que el pentecostal chileno rara vez llega al misticismo, y que, mas bien su postura oscila entre la del asceta radical que huye del mundo y aquella del asceta comprometido que combina el rigor de su conducta con un testimonio permanente respecto delo que considera ser la voluntad de Dios en los distinto s planos de la vida.

Más específicamente relacionado con la ética social de los pentecostales chilenos, a continuación se presenta un análisis esquemático de las relaciones que desarrollan los pentecostales al interior de la familia, con sus amistades y con sus compañeros de trabajo, por un lado, y, respecto de su participación en organizaciones vecinales, sindicales y políticas, por el otro. A este respecto, el autor se pregunta acerca de las implicancias de las posturas pentecostales con relación a la participación que podría tener en el proceso de redemocratización del país. Finalmente, este informe concluye con un breve análisis delas características de la religiosidad pentecostal en relación con la religiosidad popular.

 

Conversión y ética pentecostal

 

Como se señaló anteriormente, el objetivo de este trabajo consiste en examinar qué cambia en la relación entre el pentecostal y los demás individuos y grupos con los cuales interactúa sea directa o indirectamente. En consecuencia, se examinarán en primer lugar las conductas del pentecostal respecto de sus amistades, familia, vecindario y trabajo, para pasar luego a observar la conducta social respecto de su participación social y política.

De acuerdo con un estudio realizado por Juanita Polhnys, citado por Hans Tennekes[ix], la conversión al pentecostalismo puede tener diferentes referentes y consecuencias para hombre y para mujeres[x]. Cuando un hombre se convierte, inmediatamente entra en conflicto con las pautas de conducta que le fija la concepción machista típica de los sectores populares. El cambio fundamental consiste en que permanece mucho más tiempo que antes en su casa, como consecuencia del rompimiento con sus amigos, a quienes anteriormente encontraba a diario en el bar, el clandestino, o la cancha de futbol. De esta forma se queda sin las tradicionales amistades al convertirse, lo cual constituye un cambio radical en un medio popular donde el prestigio y las posibilidades de desarrollo personal están ligados al número de amigos que se tiene. Sin embargo, el nuevo creyente pentecostal no queda aislado de amistades, por cuanto si ha perdido sus antiguas relaciones, ahora cuanta con la amistad de los hermanos de su congregación.

En cuanto a las relaciones con los miembros de su familia, se ha observado que en el nuevo creyente pentecostal opera un cambio radical. El trato para con su esposa e hijos se hace más considerado y afectuoso, y el hombre asume un conjunto de tareas y deberes domésticos –relacionados con el manejo dela casa y la educación de los niños- que nunca antes había asumido; pero, principalmente, el convertido toma realmente en serie ahora su responsabilidad de proveer al sustento de su familia, situación a menudo faltante en los medios populares y agravada por el alcoholismo reinante en ese medio.

En el caso de la mujer, la conversión implica a menudo un cambio mas bien de carácter cualitativo, en la medida en que se establece entre ella y su marido una relación más armoniosa, cuando el hombre también se convierte. En este caso la esposa adopta, sin embargo, un rol subordinado que el modelo tradicional de valores adjudica a la mujer; pero, se observa que el marido ejerce su dominación de manera muy distinta a la usual en los medios populares que le rodean, de modo que no es extraño que ella vea a su esposo en forma más positiva que sus congéneres del vecindario.

Así, con la conversión al pentecostalismo se alteran los modelos tradicionales de relación de pareja prevalecientes en los sectores populares, donde sea el hombre domina en forma total, sea la mujer es la jefe de familia y acepta a un hombre tras otro solo en la medida en que sea solidario en mantener el hogar. El hombre pentecostal, por su parte, usualmente renuncia a la prerrogativa de dominante que le confiere el modelo tradicional de la relación hombre-mujer en los sectores populares, para ensalzar un conjunto de valores y virtudes que hacen a la estabilidad del grupo familiar. El hombre, sin embargo, no se cuestiona su dominación y la subordinación dela mujer, lo que, por ciento, vuelve a constituir una forma de reforzar la concepción tradicional de pareja y la moral tradicional que –a menudo- rechaza el divorcio y en algunos casos el control de la natalidad.

Ese cambio en las relaciones hombre-mujer y en el comportamiento de las mujeres pentecostales en sectores populares de una comuna marginalizada del Gran Santiago ha sido investigado por Sonia Montecinos[xi], marcando un antecedente importante para el estudio de la nueva ética social de las parejas convertidas a esta doctrina cristiana.

En cuanto a la relación del hombre pentecostal con sus amigos, el cambio que se produce en sí mismo le proporciona una nueva legitimación de los valores que condicionan sus conducta cotidiana, en la medida en que le preocupa más lo que Dios pensará de sus actos que lo que dirán sus amigos o vecinos no creyentes. Sin embargo, la pérdida del control social que ejercían anteriormente los amigos sobre el nuevo creyente, ahora, con valores renovados, lo ejercen los demás creyentes de la congragación a la que se encuentra asociado.

 

La Participación del Pentecostal en el Vecindario y en su Trabajo

 

Si bien es difícil establecer grados de participación en Juntas de Vecinos y Sindicatos durante la Dictadura de 1973-1989, por las restricciones a la participación ciudadana impuestas en ese periodo, es posible afirmar que anterior y luego después de la Dictadura ha resultado cuantitativamente más baja que sus congéneres de clase pero más significativa en términos de ocupar con responsabilidad los cargos que se les ha confiado al interior de la organización local o sindical. En efecto, dado el alto grado de alcoholismo prevaleciente en el llamado bajo pueblo, el cargo de tesorero del sindicado a menudo se le confió a un pentecostal porque ha sido abstinente. También en las Juntas de Vecinos, dada la experiencia de liderazgo desarrolladas en alguna iglesia pentecostal, especialmente entre las mujeres, quienes ocupaban cargos directivos lo han hecho con mayor dedicación. Ello porque los/as pentecostales gozan de algún grado de mayor prestigio en el barrio o en el lugar de trabajo, por ser personas responsables y cumplidores de sus obligaciones.

Por otra parte, a menudo los pentecostales hacen una tajante distinción entre organizaciones vecinales, sindicales y políticas, anatematizando éstas últimas. La participación que les parece más obvia y menos conflictiva con sus valores religiosos es la vecina, que es precisamente aquella que va en beneficio del mejoramiento de las condiciones ambientales del barrio en que viven y en favor de los más desfavorecidos. Respecto de este último punto, la crisis casi permanente en la que viven los sectores populares del país y sus consecuencias, especialmente sobre los niños, ha llevado a numerosos grupos de pentecostales a unirse para la creación de organizaciones de base para atender sus necesidades más apremiantes como la alimentación y la educación. Ello fue particularmente efectivo durante el periodo de la Dictadura. Estas tareas de servicio al prójimo son claramente comprendidas como propias de los pentecostales, pero se alejarán de las organizaciones vecinales en la medida en que éstas aparezcan a sus ojos como politizadas o al servicio de determinado partido político.

            En el campo laboral, también la participación de los pentecostales presenta características específicas. En primer término, cabe señalar que el autor ha observado reiterativamente en numerosas congregaciones pentecostales que la tasa de desempleo entre estos creyentes resulta ser más baja que la prevaleciente entre sus vecinos y congéneres. Esto se debe a que la comunidad pentecostal a menudo actúa como una familia extendida en la resolución de los problemas laborales, familiares u otros que se le presentan al miembro de la congregación, asumiendo colectivamente el desafío que presenta cada problema. Esto se manifiesta, por ejemplo, en que cuando uno de los creyentes solicita el apoyo en oración para poder encontrar trabajo, la comunidad pentecostal no solo ora, sino que se pone en acción en el lugar de trabajo u ocupación de cada uno para que su hermano/a cesante pueda encontrar trabajo y así poder subvenir a sus necesidades personales y responsabilidades familiares.

Al ser menos afectado el fiel pentecostal por el flagelo de la cesantía frecuente entre los sectores populares, junto con una ética puritana que lo lleva a manejar cuidadosamente su ingreso familiar –dando prioridad a sus necesidades básicas- no comparte necesariamente la crítica al sistema social de grupos de su clase que se ven golpeados más duramente por las injusticias sociales. Esto lo lleva a ser más renuente a participar, por ejemplo, en sindicatos de cesantes o trabajadores eventuales; o bien, a incorporarse al sindicato de la empresa con una actitud menos politizada. Sin embargo, en periodos de abierta participación social y laboral, este autor[xii], constató en un estudio realizado en la Provincia de Concepción, que tradicionalmente ha tenido uno de los más altos porcentajes de pentecostales del país, que la participación de los creyentes pentecostales en sindicatos de empresas era similar a la de los demás trabajadores de las mismas.

Si bien la opinión que generalmente tienen los compañeros de trabajo de los pentecostales es positiva por tratarse de personas responsables en su trabajo y en quienes se puede confiar, la relación no resulta completamente armoniosa en la medida en que los pentecostales a menudo se restan de las actividades sociales de los trabajadores, principalmente por el consumo de alcohol.

La opinión de los pobladores sobre los pentecostales tampoco resulta unánime, pero generalmente es mayoritariamente favorable, dada la vida familiar y vecinal ejemplar que llevan. Las opiniones desfavorables se relacionan con la intolerancia de algunos, su falta de información sobre lo que pasa en el mundo y su persistencia en participar frecuentemente en cultos y servicios religiosos. También a muchos les choca la emocionalidad que manifiestan los pentecostales en sus cultos y las referencias que hacen en sus predicaciones a los pecados que cometían antes de su conversión.

El aislamiento del pentecostal respecto del ambiente en que se desarrolla es consecuencia casi inevitable de su modo de vivir, el cual para el común de la gente resulta incomprensible o incluso inaceptable. Por un lado, la gente que convive con ellos reconoce que los pentecostales son honrados, laboriosos, buenos esposos y padres; pero por el otro lado, esa misma gente puede manifestar actitudes de menosprecio debido a que no participan a menudo con ellos en sus tradicionales formas del compartir social. La alternancia de vida que ofrece el pentecostal a menudo resulta ser integrista, puesto que abarca todos los ámbitos dela vida del individuo, mirándose con desmedro a quienes ofrecen una participación limitada a la comunidad pentecostal. Pero el aislamiento que estos creyentes se imponen a sí mismos muestra una noción sociológica fundamental, que consiste en estrechar los contactos con su propia comunidad para paliar los efectos dela ruptura que ha efectuado con el medio ambiente tradicional de los sectores populares chilenos.

 

Las Condicionantes de la Participación Política

 

La dificultad de analizar las condicionantes de la participación de los pentecostales en la vida política del país durante el período de dictadura ha sido obvia, por cuanto durante 17 años la Dictadura de Pinochet suprimió la participación política ciudadana. Por tanto, esta sección se refiere tanto al periodo anterior como posterior a la Dictadura de 1973-1989. Una segunda advertencia, se refiere al hecho que antes que analizar la participación numérica o porcentual delos pentecostales en tal o cual corriente política o evento político, interesa al autor explorar la compatibilidad de la cosmovisión pentecostal con la manera de hacer política que ha prevalecido en el país, así como comparar la participación de pentecostales y no-pentecostales de sectores populares.

En primer término, cabe señalar que la cosmovisión del pentecostal lo lleva a veces a visualizar a la actividad política como antagónica a la actividad religiosa que él/la práctica, en la medida que, por un lado le resta tiempo para dedicarlo al culto religioso, y por el otro constituye un mundo plagado de conflictos que trata de evitar por lo tener instrumental eficaz para tratarlos.

Pero también cabe señalar que la separación entre religión y política no es exclusiva de los pentecostales, sino que constituye un rasgo característico de los sectores populares. Según Tennekes[xiii], la mayoría de los pobladores estima que la religión y la política son incompatibles y opinan que las iglesias deben mantenerse al margen de las actividades político-partidistas. Además, de hecho, pentecostales y no-pentecostales de sectores populares tienen una idea bastante negativa de lo que significa la actividad política y de los propios políticos, sea que estén éstos en la oposición o en el Gobierno del país. Ello pareciera relacionarse con un profundo sentimiento de haber sido reiteradamente utilizados por los políticos para afianzar sus respectivos intereses y posiciones en la estructura del poder. Ello sin que el apoyo de los sectores populares haya sido acompañado por un efectivo mejoramiento de las condiciones de vida de los marginados.

En segundo lugar, en el caso de los pentecostales pareciera haber mayor desinformación respecto de lo que ocurre en la sociedad en que viven, puesto que utilizan la mayor parte de su tiempo libre en las actividades propias de la congregación o iglesia de la que forman parte. A menudo simplifican los problemas sociales y los asocian a falta de responsabilidad, energía, perseverancia y dedicación de parte de las personas afectadas por los mismos, sin llegar a visualizar las causas estructurales que crean el desgano, la desnutrición la cesantía, el alcoholismo y otras enfermedades sociales. De esta forma, la falta de información sobre los hechos que conforman la realidad social les lleva, más a menudo que a sus congéneres, a retrotraerse de la participación política.

En tercer lugar, dada la cosmovisión evangélica que impregna el pensamiento pentecostal, las ideas prevalecientes entre ellos respecto de la forma de producir transformaciones socio-económicas profundas son mas bien moderadas. Pero en esta actitud tampoco son diferentes de sus congéneres de clase. Junto con los demás sectores populares muestran interés en que los cambios sociales se produzcan dentro de la ley y se oponen a medidas drásticas, radicales, de fuerza y con violencia. Sin embargo, en caso de desorden o de caos social, probablemente los pentecostales tengan más que perder que sus vecinos o compañeros de trabajo, en la meda en que la vida puritana y ascética que practican a menudo les ha permitido adquirir una casa y algunos medios que hacen la vida más llevadera. El sacrificio con el cual han adquirido dichos medios les hace adoptar una posición más conservadora de la de aquel que no tiene nada que perder en caso de revuelta y represión, sino su propia vida. Al pentecostal le parece injustificada la pérdida de la vida por la lucha política en pro de mejores condiciones de vida, aunque pudiera estar dispuesto a ofrecerla por razones religiosas.

En cuarto lugar, el pentecostalismo, en cuanto movimiento de protesta contra el sistema de valores y de relaciones injustas prevalecientes en la sociedad, rompe con la jerarquía social y con los valores de desigualdad tradicionales, para crear comunidades donde todos son hermanos solidarios y responsables el uno del otro. Las relaciones con la sociedad se visualizan como conflictivas, mientras que hacia el interior de la comunidad se comparten los mismos valores e inquietudes espirituales que les llevan a una relación mucho más armónica que con los no-creyentes.

En quinto lugar, la pasividad socio-política de los pentecostales proviene también de la visión religiosa que tienen del mundo circundante, puesto que piensan que las injusticias sociales son producto de la corrupción a todo nivel de individuos que no viven conforme a la norma religiosa que ellos profesan. Esto es más comprensible si se piensa que el medio ambiente en que viven los pentecostales prevalecen las enfermedades físicas, mentales y sociales, el alcoholismo, la violencia intra-familiar, la delincuencia barrial, la malnutrición, las malas relaciones familiares generalizadas en los sectores populares. De esta forma, visualizan que fuera de la solidaridad de la comunidad pentecostal ni la sociedad chilena ni la comunidad local tienen relaciones sociales alternativas que ofrecerles mejores que las que ya tienen en su comunidad religiosa.

En sexto lugar, el pentecostalismo rechaza doblemente al materialismo. Por un lado, la aversión al materialismo es típica de los movimientos de salvación como el pentecostalismo. Por el otro lado, en cuanto parte de los sectores populares comparten con estos una actitud de rechazo al materialismo. Las condiciones de vida de los pobres son tales que serían invivibles sino fuera por la religiosidad popular que permea todos los actos de su vida. En el caso de los grupos pentecostales, se enfrentan también a la demanda cada vez mayor que ejercen grupos proselitistas políticos, los cuales no pueden cumplir sin desatender sus compromisos religiosos.

Por último, en cuanto condicionante ligado a la cosmovisión del pentecostal se encuentra su creencia en la salvación individual. En énfasis colocado por los misioneros que trajeron el evangelio a Chile en la salvación individual ha llevado a un desprecio por lo colectivo y por las responsabilidades del hombre religioso frente a su hermano no creyente. Al respecto, llama la atención el hecho que personas que han visto cambios radicales en el comportamiento de los individuos creyentes no puedan visualizar cambios fundamentales en las relaciones entre los hombres. Es decir, existe una carencia en visualizar la dimensión social del poder del evangelio que es proclamado.

Al término de la dictadura, nos planteamos: frente a estas condicionantes dela participación social y política de los pentecostales, ¿Qué se puede esperar de ellos en un proceso de apertura democrática post-dictadura? Existen indicios que llevan a hipótesis alternativas de participación política. Dejando de lado la sorprendente convergencia de grupos pentecostales conservadores para unirse a la Iglesia Católica en su reclamos a los políticos frente a la legislación del matrimonio igualitario y el derecho al aborto, que constituye una forma muy particular de ecumenismo, ha habido intentos fallidos reiterados de levantar una candidatura presidencial de algún líder evangélico. De hecho, la gran mayoría de los pentecostales no aceptan que las iglesias deban apoyar a un candidato en particular.

En segundo lugar, no es posible confundir la participación política de los pentecostales con actos religiosos ligados a la autoridad política de turno, como son los llamados Te Deum evangélicos. Ello corresponde a la tendencia derivada del luteranismo de respetar la autoridad civil y no constituye un alineamiento político. De hecho, la (falta de) estructura interna del movimiento pentecostal constituye un elemento complota contra la posibilidad de forzar un alineamiento político específico. No existe una jerarquía que pueda imponer un orden de tipo político, puesto que los pastores no dependen de una remuneración proveniente de una estructura central, sino se deben a los diezmos de su comunidad. Cualquier miembro de una congregación puede protestar por una conducta que considere injusta o inapropiada del dirigente religioso, puede incluso retirarse sin que pueda mediar sanción social o económica alguna, puesto que podrá siempre encontrar otra congregación en forma positiva dispuesta a acogerle.

Antes de la dictadura, los pentecostales en sus relaciones con los políticos de entonces no se recuerdan hoy. Los líderes de entonces quedaron con la sensación que fueron a menudo utilizados. En el mejor de los casos consiguieron apoyo de los políticos para obtener la personalidad jurídica de la iglesia, la cual no era jurídicamente superior a la que pueda tener un club local de futbol o una sociedad de amigos, por lo que hubiera podido ser disuelta. Pero esto cambió con los gobiernos democráticos pos dictadura que han legislado para mejorar el status legal de las iglesias evangélicas. No obstante, en la medida en que tanto pastores locales como fieles palpen diariamente diversas formas de menosprecio de los representantes de clases dominantes por sus problemas, necesidades y aspiraciones, es dudoso que puedan identificarse con sus posiciones políticas, aunque no lo manifiesten así abiertamente.

En tercer lugar es difícil que se produzca un acoplamiento entre las aspiraciones religiosas del pentecostalismo y las que buscan una transformación social más radical de la sociedad, precisamente porque su cosmovisión religiosa lleva a una diferenciación entre actividad política y culto religioso. Además, no sería posible para ningún grupo político ofrecer realmente una alternativa de organización social que operacionalizaría en la sociedad los valores que se viven en la comunidad pentecostal.

En cuarto lugar, si algunos grupos pentecostales volvieran a caer en la tentación de negociar un trueque de apoyo a determinados grupos políticos a cambio de algunos favores para construir sus templos, se estaría impidiendo que las iglesias asuman un auténtico compromiso con los asuntos políticos de la sociedad chilena, toda vez que se trata de trabajar porque la misma viva los valores del evangelio que se observan en la comunidad pentecostal.

En quinto lugar, si los pentecostales se unieran para participar en el juego político como un solo movimiento –lo cual es altamente improbable- tendrían que luchar contra todo el aparataje político dominante y sus vinculaciones con el aparato económico, que mantiene el rol del Estado y del sector privado separados pero íntimamente vinculados, situación que requiere un proyecto político que los pentecostales no tienen y que de intentarlo es poco probable que tenga éxito.

En sexto lugar, se puede presentar la hipótesis que los pentecostales, que sostienen que “no desean que el mundo entre en la iglesia”, pero si desean que los valores de las iglesias entren en el mundo para cambiarlo a imagen de las comunidades pentecostales, pudieran entusiasmarse con la posibilidad de ganar experiencia en las transformaciones políticas de la sociedad, participando con algunos de sus líderes en un partido democrático y popular que tuviera la visión de incorporarlos como socios y no como una mezquina estrategia de captación de votos.

 

Conclusiones

 

El estudio de caso llevado a cabo muestra el cambio de visión y misión en las vidas de las personas que adhieren a una comunidad pentecostal. Si bien hace cincuenta años o mas estas personas pertenecían a los estratos sociales más bajos, hoy crecientemente adhieren personas de clase media. Sin duda las prácticas éticas de los unos y los otros son relativamente diferentes. Pero persiste la idea que el pentecostal inicia una nueva vida y que sus conductas éticas en lo familiar, laboral, económico, etc., deben evolucionar positivamente.

Además, a futuro,  autores como Fidiakova[xiv] ven en la mayor escolaridad de los jóvenes pentecostales una posibilidad de apertura a la participación política, se trata de un largo camino por recorrer, toda vez que el pentecostalismo más antiguo e institucionalizado pareciera estar estancándose en su crecimiento, el que hoy correría mas bien por cuenta de los pentecostales libres, de comunidades locales con baja institucionalización, así como ciertos grupos de clase media que, por no tener base popular, difícilmente podrían lograr objetivos políticos duraderos.

            Por último, es necesario señalar algunas importantes diferencias entre pentecostalismos y religiosa popular, las cuales tienen implicaciones directas sobre la vida cotidiana de creyente y de no-creyentes.  En la religiosidad popular el cosmos presenta toda clase de lagunas, es decir, la ordenación de la realidad al interior de un cuadro de un sistema coherente resulta muy parcial, puesto que lo inexplicable es atribuido al destino, el cual aparece como una fuerza superior ciega y sin sentido a la que el hombre estaría sujeto. Al contrario, en el pentecostalismo la realidad no aparece como caótica sino todo tiene su lugar en un cuadro coherente donde la providencia de Dios explica lo inexplicable y le confiere inteligibilidad a lo que carece de sentido.

Además, el tipo de sacerdocio universal en el que creen los pentecostales les ofrece libre acceso al creador, sin mediaciones de santos, ánimas u otros objetos de fe, que, al mediatizar las intercesiones delos fieles entran a obscurecer su comprensión de los actos de fe, y, en definitiva, mantienen al pueblo en la ignorancia y la superstición. Ésta a menudo ha sido usada por las clases dominantes para continuar usufructuando de un sistema social injusto que explota a los sectores populares. El pentecostalismo habría logrado ser una nueva versión de religión popular más autónoma y alejada de los eruditos. Pero también, como movimiento popular está más preocupado con lo experiencial que con las doctrinas presentes o pasadas. (Lehmann, op.cit.)

En consecuencia, si el pentecostalismo ha sido capaz de liberar a los creyentes de la superstición y la dependencia de objetos materiales de fe, incluyendo la autoridad de la otrora indiscutida de los representantes de la iglesia católica hegemónica, podría tener el potencial para liberar de un orden social injusto, o al menos ofrecer la posibilidad de aplicar una nueva ética social basada en el poder del evangelio que proclaman, cambiando las relaciones sociales de explotación, corrupción y trastocarlas en relaciones más solidarias, honestas y justas, comprometidas con el bienestar social del ser humano que sufre.

Finalmente, Lehmann (2012:427) y otros autores han puesto en relevancia el rol preponderante que el pentecostalismo está llegando a jugar en la composición del cristianismo en el mundo y en Latinoamérica en particular. Esto implicaría una articulación ética entre las esperanzas escatológicas y las promesas de una gratificación en el aquí y ahora, sea en salud o mejor calidad de vida. Parte del éxito del pentecostalismo estaría dado por predominar su autofinanciamiento. Queda, sin embargo, abierto el rol que el neo-pentecostalismo caracterizado por el llamado evangelio de la prosperidad, va a jugar en Chile, puesto que hasta ahora está lejos de llegar a tener influencia que ha tenido en Brasil[xv], donde si juega un rol político importante, aunque a veces indeseable.

 

 

[i] Circulo de Reflexión y Estudios Evangélicos, CREE, noviembre 1986.

[ii] Real Academia Española.

[iii] Christ and Culture, pp.40-43

[iv] En cierta forma presentado por la obra musical “JesuCristo super estrella”.

[v] Economía y Sociedad, pp.325fff.

[vi] Sociología de Max Weber. Pp. 262-3.

[vii] Max Weber, op. Cit.

[viii] El primer líder pentecostal W. Hoover (Iglesia Evangélica Pentecostal) enfatizo la doctrina espiritual y no la social de la Iglesia Metodista, de la cual él provenía.

[ix] El crecimiento pentecostal en la sociedad chilena (1985) CIREN. Iquique.

[x] Montecinos, Sonia. (2002) “Caminar en el espíritu: perspectivas de genero del movimiento evangélico pentecostal”.

[xi] Montecino, Sonia (2002) Nuevas feminidades y masculinidades. Una mirada de género al mundo evangélico de La Pintana”, en Estudios Públicos, 87. Pp.73-103.

[xii] Corvalán V., Oscar (1973). Evangélicos y Huelga Social: estudio sociológico de segmentos del pentecostalismo. Memoria de Grado. Instituto de Sociología. Universidad de Concepción.

[xiii] Op. Cit.

[xiv] Fediakova, Eugenia (2012) “Juventud evangélica en Chile; ¿un nuevo modelo del evangelicalismo?”, en  Mansilla, M.A.; Orellana, L. (2012). La religión en Chile del Bicentenario. Ed. RELEP. Concepción. Chile. pp. 103-128

Fediakova, Eugenia (2013) Evangélicos, política y sociedad en Chile: dejando “el refugio de las masas” 1990-2010. CEEP ediciones. Concepción, Chile.

Fidiakova, Eugenia (2008). “Religión, política, ciudadanía: cambio de paradigmas en las iglesias evangélicas en Chile postguerra fría”, Bicentenario, Santiago, pp. 71-98.

Fediakova, Eugenia (2012) “Separatismo o participación: evangélicos chilenos frente a la política” Revista de Ciencia Política / Vol. XXII / Nº 2 / 2002 /

Lehmann, David (2012) “The Religious Field in Latin America: autonomy and fragmentation”, en Auroi, Claude y Helg, Aline. Latin America 1810-2010. Dreams and Legacies. Imperial College Press. London. Cap.16.

[xv] Burdick. J. (2005). Why is the Black Evangelical Movement Growing in Brazil? Journal of Latin American Studies, 37,2, 311-332.